¿Quién está juzgando a quién? 2

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Capítulo 7 – ¿Quién Está Juzgando a Quién?

Hoy continuamos nuestro estudio sobre el libro de Santiago, en el Nuevo Testamento. Nuestro mensaje anterior, del capítulo dos, versículos del uno al nueve se tituló “Ahuyentar el Favoritísimo.” Hoy continuamos en el capítulo dos echándole una ojeada a los versículos del diez al trece. Y nuestro estudio se titula, “¿Quién Está Juzgando a Quién?”

Todos debemos admitir que a veces criticamos injustamente a los demás. No conocemos todas las circunstancias, ni sus motivos. Solamente Dios conoce todos los hechos, por lo tanto, Él es capaz de juzgar a las personas con rectitud. John Wesley habló acerca de un hombre por quien sentía poco respeto ya que lo consideraba mezquino y codicioso. Un día, cuando ese hombre contribuyó con solo un pequeño obsequio a una caridad digna, Wesley lo criticó abiertamente.

Después del incidente, el hombre fue donde Wesley en privado y le dijo que él había estado viviendo a base de apio de campo y agua durante varias semanas. Él le explicó que antes de su conversión, había acumulado grandes deudas. Ahora, escatimando en todo y no comprando nada para sí mismo, estaba pagando a sus acreedores uno por uno. Él dijo, “Cristo ha hecho de mí un hombre honesto,” y continuó diciéndole, “y así, con todas estas deudas por pagar, solo puedo dar algunas ofrendas por encima de mi diezmo. Debo arreglar cuentas con mis vecinos mundanos y demostrarles lo que la gracia de Dios puede hacer en el corazón de un hombre que una vez fue una persona deshonesta.” Para darle su reconocimiento, luego Wesley se disculpó con el hombre y le pidió perdón.

¿Con qué frecuencia usted y yo nos encontramos en una situación como esa, donde hemos juzgado a otros injustamente? Me da vergüenza admitir que eso ha pasado con demasiada frecuencia en mi vida.

Ahora bien, si puede, lo invito a que abra su Biblia en el capítulo dos de Santiago, versículos del diez al trece, y me siga mientras leo de la Palabra de Dios. Eso está en Santiago capítulo dos, versículos del diez al trece.

  1. Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos.
  2. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley.
  3. Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.
  4. Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio.

En esta sección de la enseñanza, Santiago revela varios PATRONES de juicio. Veámoslos y permitamos que el Espíritu de Dios nos muestre el patrón apropiado.

Un Patrón Externo (Versículos 10 y 11)

Tenga en cuenta el contexto de este pasaje al cual le estamos echando una ojeada. Justo antes de los versículos de nuestro texto, Santiago nos instruye sobre los males por el hecho de demostrar parcialidad o favoritismo. Él claramente nos dice que si demostramos favoritismo, violamos la ley de Dios y somos culpables como infractores de la ley.

Como seres humanos, tenemos una tendencia a ser duros con las fallas de los demás, e indulgentes con nuestras propias deficiencias. Pero Santiago nos recuerda el patrón externo que la ley requería. Esa ley era uniforme, era completa. Violar una sola parte de ella era violar el todo. Cuando pensamos en el hecho de demostrar parcialidad o favoritismo, no lo veríamos como un pecado muy serio; especialmente en comparación con cosas como el adulterio o el asesinato. En estos versículos, Santiago nos muestra el error de esa mentalidad.

Permítame comentar antes de profundizar en nuestro texto. ¿Usted recuerda nuestro tema para este estudio del libro de Santiago? “La Fe Que Funciona.” Santiago no estaba hablando acerca de ganar nuestra salvación; ese es un obsequio gratuito de parte de Dios para todos los que ponen su fe en el sacrificio de Cristo. También debemos recordar que Santiago le estaba escribiendo a una audiencia principalmente judía. Ellos estaban en la transición del concepto de ser salvados por las obras de la Ley, a ser salvados por la fe en Cristo, apartados de las obras de la ley. Por cierto, según Romanos capítulo tres, versículo veinte, en el Nuevo Testamento y otras Escrituras, la salvación nunca fue posible por cumplir las obras de la ley. Pero ese fue un momento de transición para ellos. Y Santiago, bajo la inspiración del Espíritu Santo, les estaba enseñando cómo viviría una persona genuinamente nacida de nuevo.

Inclusive hoy, existe la idea en algunos círculos cristianos de que mi aceptación y aprobación de parte de Dios se basan en mi desempeño; una prueba de esto es cuando la gente enfrenta pruebas y tragedias en la vida, a menudo la pregunta, ya sea verbal o no, es: “¿Por qué yo Señor? He intentado vivir una buena vida y caminar en obediencia a tus mandamientos. ¿Es esta mi recompensa por tratar de ser fiel?” La suposición subyacente es que, si hago bien cumpliendo con los mandamientos de Dios, la vida debería marchar sin problemas para mí. Solo hay un problema con esa forma de pensar; esa forma de pensar no es bíblica.

Sin embargo, hay otra suposición falsa que está presente en el cristianismo contemporáneo. Es la idea de que, una vez que he aceptado a Cristo como mi Salvador, no importa la forma cómo viva. Cristo me acepta simplemente tal como soy y no necesito cambiar. Esa forma de pensar tampoco es bíblica. Veremos eso a medida que avanzamos en nuestro texto.

En estos primeros versículos de nuestro texto, Santiago señala que si nos esforzamos por obedecer toda la ley y, sin embargo, violamos un mandato específico, somos culpables de violar todo el código. Y él da la ilustración en el versículo once. ¿Por qué él comienza con este concepto? Creo que se remonta a nuestra tendencia a usar un doble patrón en nuestro juicio; un patrón para nosotros y otro patrón para otros. Eso es lo que vemos en el error cuando demostramos favoritismo. Ciertamente no apreciamos a otros que nos tratan con respeto o con falta de este debido a nuestro estado social, nivel de riqueza o lo que sea.

Con demasiada frecuencia, cuando nos evaluamos nosotros mismos a la luz de la Palabra de Dios, tendemos a excusarnos. Nos referimos a nuestros errores éticos, nuestras fallas morales o nuestros errores desafortunados. Fíjese, inclusive la terminología que usamos está diseñada para disminuir la gravedad de nuestro PECADO. Nos comparamos con los demás y concluimos: “bueno, soy mejor que ellos, así que no debo ser tan malo.” Esa es una mentalidad farisaica. Los fariseos miraban con desprecio a cualquiera que no siguiera las normas detalladas que ellos establecieron. Se enorgullecían de seguir el patrón externo. Inclusive diezmaban con los granos más pequeños para asegurarse de que Dios estuviera recibiendo Su parte designada de la cosecha. Pero Jesús los reprendió porque no obedecieron los asuntos más importantes de la ley: la justicia y la misericordia. Ellos tenían un patrón doble; no eran en la parte interna lo que parecían ser en la parte externa. Ellos olvidaron que la obediencia genuina al patrón externo solo es posible cuando hay un cambio interno.

Tener solamente un patrón externo el cual seguimos nos llevará a desarrollar un doble patrón para estar más cómodos con nuestros errores. Él nos llevará a tener una actitud de condena y sentenciosa. Mientras tratemos de categorizar el pecado, encontraremos los pecados de los demás como más repugnantes para Dios que nuestros pecados.

El Patrón Interno

En el versículo doce, Santiago nos recuerda: “Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.” Aquí, Santiago introduce el concepto del patrón interno. Hablar y hacer son acciones, pero lo que decimos y lo que

hacemos está motivado por lo que pensamos. Lo que pensamos está motivado por lo que creemos, por nuestra definición de la verdad, Santiago dice que nuestras acciones deben ser juzgadas, o sopesadas, por la “ley de la libertad.”

¿Cuál es esa ley de la libertad? Primero, una ley en su forma más simple es un principio con el que se puede contar para producir los mismos resultados cada vez que se prueba. Podemos ilustrarlo con la ley de la gravedad; todo lo que sube tiene que bajar. Es cierto que se puede superar la fuerza de la gravedad, pero eso se hace usando otras “leyes” como la sustentación y el empuje. Entonces hay una ley, un principio que tiene una función predecible.

¿Y qué pasa con la libertad? El cristianismo del siglo XX le dio un giro a la palabra libertad. La palabra tal como se usa en el Nuevo Testamento no significa licencia. No es una excusa para gratificar la carne de la manera que quiera. Pero así es como muchos cristianos profesantes la definirían hoy. En nuestra forma de pensar individualista, la libertad es hacer lo que quiero sin que nadie me diga que no puedo hacerlo.

Pero Santiago estaba hablando acerca de la libertad bajo una luz totalmente diferente. Él habló de la libertad como la capacidad de hacer lo que sabemos que es correcto. Él nos recuerda que esa es la ley por medio de la cual seremos juzgados. Está en un patrón más alto que la ley externa. Bajo la ley de Moisés, mientras una persona no cometiera el acto del pecado, no había juicio. Un hombre no era apedreado por pensar pensamientos lujuriosos e inmorales. Pero si actuaba con esos pensamientos y cometía fornicación o adulterio; a eso le seguía un juicio.

La libertad cristiana nos mantiene en un patrón interno más elevado. Tiene que ver con pensamientos y motivos, no simplemente con acciones. Basado en las enseñanzas de Jesús en lo que llamamos el Sermón de la Montaña, ese es el patrón que enfrentaremos en el juicio. Jesús dijo que si miramos a una mujer y abrigamos pensamientos lujuriosos, somos culpables de cometer adulterio en nuestro corazón. Jesús y Santiago nos apelaron a nosotros como seguidores de Cristo en este nivel. No nos negamos a participar en el pecado simplemente por la amenaza de la fuerza, por la amenaza del castigo. No, por supuesto que no, tenemos una motivación mayor. Nuestro amor por Dios y Su gracia que funciona en nuestros corazones nos da el deseo y el poder de hacer lo que sabemos que le agrada a Él. La ley interna de la libertad es mucho más poderosa que la ley externa de la compulsión.

Aquellos que viven bajo la ley externa siempre están mirando por encima de su hombro. Ellos temen que los atrapen violando uno de los mandamientos. Aquellos quienes viven según la ley interna de la libertad viven por encima de la ley. No tienen nada que temer, tienen una libertad desconocida para aquellos quienes obedecen por miedo. Ellos se sienten motivados por su deseo de relación con Dios y sus semejantes. Y es este deseo de relación lo que les ayuda a juzgar con prudencia y justicia.

El Patrón Lateral

En este patrón final, el enfoque está en las relaciones horizontales, de persona a persona. Es por esa razón que usé la palabra, lateral; queriendo decir de lado. Santiago nos emite una fuerte advertencia acerca de cómo ejercemos el juicio del uno hacia el otro. Lo encuentro interesante, pero no sorprendente, cómo las epístolas se hacen eco de los mandamientos de Jesús. En Mateo, capítulo siete, versículos uno al cinco, en el Nuevo Testamento, Jesús nos da una clara orden de no juzgarnos los unos a los otros injustamente. Bien podría ser que Santiago pensó en este discurso mientras escribía estas palabras.

Él nos recuerda ejercer un juicio que se atempera con misericordia. Porque como dijo Jesús en Mateo capítulo siete, versículo dos, “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido,” Santiago dijo: si ejercemos el juicio sin piedad, solo podemos esperar lo mismo para nosotros mismos. Con esto él simplemente afirma numerosas enseñanzas de Jesús. ¿Usted recuerda lo que Jesús le dijo al siervo inmisericorde en Mateo capítulo dieciocho? Debido a que él ejerció el juicio sin piedad, a él también se le dio justicia sin piedad. Él fue entregado a los verdugos hasta que pagó toda la deuda. Y de nuevo en el capítulo seis de Mateo, en lo que a menudo llamamos el Padre Nuestro, Jesús relacionó nuestro juicio con nuestra respuesta a las ofensas percibidas por los demás. Nosotros simplemente no podemos darnos el lujo de ejercer un juicio severo sobre nuestros hermanos y hermanas.

Meyer dijo una vez, que cuando vemos a un hermano o hermana en pecado, hay dos cosas que no sabemos: primero, no sabemos cuánto él o ella trató de no pecar. Y segundo, no conocemos el poder de las fuerzas que lo atacaron. Nosotros tampoco sabemos lo que hubiéramos hecho en las mismas circunstancias. Sí, por supuesto esas incógnitas deberían ayudarnos a ser cautos cuando nos juzgamos el uno con el otro.

Santiago cierra nuestro texto con la siguiente declaración, “la misericordia triunfa contra el juicio.” No conozco una mejor manera de ilustrar lo que Santiago quiso decir con esta declaración que leer una porción de las Escrituras. Aquí está, Juan capítulo ocho, versículos del uno al once, en el Nuevo Testamento. “Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: ‘Ninguno,’ Señor. Entonces Jesús le dijo: ‘Ni yo te condeno; vete, y no peques más.’” La misericordia triunfó sobre el juicio y la condenación. Estamos llamados a seguir el ejemplo de Jesús.

Amigo mío, ¿cuál de estos patrones de juicio está usando usted? ¿Estás tratando de obtener la aprobación de Dios manteniendo un patrón externo? Las Escrituras lo dejan claro, esa es una tarea imposible.

O, usted ¿ha descubierto la libertad que viene por seguir un patrón interno; la ley de la libertad? Espero que usted lo haga. Si no ha descubierto esa libertad, debo decirle que solo la encontrará cuando le entregue el control de su vida a Jesucristo. Su Espíritu Santo, viviendo en su vida, lo empoderará para vivir en libertad y alegría.

¿Y qué pasa con el patrón lateral — su relación con los demás? ¿Usted demuestra misericordia hacia ellos así como el Señor le ha demostrado misericordia? Recuerde, que cualquier patrón de juicio que usted o yo usemos hacia los demás eventualmente se usará contra nosotros. Entonces, de ahora en adelante, pensemos más detenidamente sobre “¿Quién está Juzgando a Quién?”

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